Sal y hueso
Tras diez años en la ciudad, Marta volvió al pueblo costero donde su abuela había vivido siempre.
En el bolso llevaba una carta inesperada, una fotografía antigua y una llave vieja que apenas reconocía.
El aire salado le golpeó la cara y, por un instante, sintió que el tiempo no había pasado en absoluto.
La casa la esperaba al final de la calle, con las ventanas cerradas, las persianas bajadas y el jardín cubierto de hiedra.
Cuando abrió la puerta, el olor a pan viejo, a café y a hierbas secas le llenó los pulmones.