Los monstruos que creamos
Elena volvió al laboratorio de Madrid diez años después, cuando el edificio ya olía a polvo, a cables recalentados y a un silencio que parecía observar desde las paredes.
La puerta blindada aún llevaba la calcomanía de Crisálida, el proyecto que ella, Mateo y Lucía habían presentado como una terapia revolucionaria, aunque en realidad había nacido de un deseo oscuro y de una ambición que ninguno se atrevía a nombrar.
En la sala de servidores, una luz azul parpadeaba como un corazón enfermo, y el aire tenía ese olor metálico de las máquinas que llevan demasiado tiempo pensando solas.
—No deberías haber venido —dijo Mateo desde la sombra, con la voz ronca de quien no duerme y la mirada fija en un punto imposible del suelo.
Elena no se giró, porque conocía ese tono silencioso demasiado bien y sabía que escondía más miedo que reproche.