La cosecha de sal
Al amanecer, Marisol llegó a las salinas con una mochila ligera, el pelo revuelto por el viento y el recuerdo de su abuelo, sin saber que aquel viaje iba a ser el último de su antigua vida.
El aire olía a sal, a romero silvestre y a esa humedad antigua que solo existe junto a las marismas.
Las balsas blancas brillaban bajo un sol que todavía no castigaba, y los canales parecían venas de plata líquida.
Tomás, ¿sigues madrugando como si la marea te llamara por tu nombre?
Alguien tiene que abrir las compuertas antes de que el sol se ponga fuerte y el agua se evapore demasiado rápido.