Breve historia de todo lo que enterramos
Cuando Lucía volvió al pueblo pequeño después de una década, el aire tenía un olor húmedo a sal y madera vieja.
La casa de su abuela seguía igual, con la puerta azul y las macetas vacías en el umbral.
Al cruzar el jardín, notó que la higuera había crecido torcida hacia el muro del vecino y que alguien había cortado una rama.
No esperaba que la casa me hablara tanto después de tantos años.
Las casas viejas siempre guardan conversaciones, aunque nadie las escuche.