La guardiana de las cosas perdidas
En un callejón estrecho de un barrio silencioso del centro de Madrid, Elisa regentaba un local pequeño donde guardaba objetos que nadie había reclamado jamás.
Había paraguas olvidados, cartas sin destinatario, relojes detenidos y fotografías que habían perdido sus nombres con el paso de los años.
La llamaban la guardiana de las cosas perdidas, aunque ella prefería describirse como una archivista de la memoria ajena.
Cada mañana abría la puerta con cuidado y escuchaba el timbre como si anunciara una historia nueva que estaba a punto de empezar.
A veces, cuando caía la tarde y la ciudad se volvía gris, se sentaba entre las estanterías y se preguntaba cuántas vidas cabían en aquellos objetos.